LA VIDA DE LAS ABEJAS
Maurice Maeterlinck (1862-1949), autor belga de obras dramáticas, poesía y narrativa, de lenguaje simbólico y ambiente misterioso e irreal.
En sus obras alienta la presencia fatalista, las fuerzas fatalistas, en obras como "El pájaro azul" (1909), La princesa Malena (1889), Mona Vanna (1902) y "Peleas y Melisanda" (1892).
Maeterlinck nació en Gante, el 29 de agosto de 1862, y allí estudió leyes en la Universidad.
En París, en 1886, conoció a los poetas simbolistas que reaccionaban contra el naturalismo de la literatura francesa.
Entre sus poesías simbolistas se encuentran "Invernaderos cálidos" (1889).
Sobresalen sus obras de teatro, por las que recibió el Premio Nóbel en 1911.
Dictó clases en Estados Unidos (1921).
Regresó a Europa después de la guerra y murió el 6 de mayo de 1949, en la ciudad francesa de Niza.
También escribió obras que adoptan un tono filosófico y se ocupan de la naturaleza y el ser humano. Entre ellas se incluyen "El tesoro de los humildes" (1896), "La vida de las abejas" (1901) y "La inteligencia de las flores" (1907).
Este escritor empleó un estilo sencillo y accesible para expresar emociones e ideas.
LA VIDA DE LAS ABEJAS
LIBRO PRIMERO
En el umbral de la colmena.
I
No es mi intención escribir un libro de apicultura ni de cría de abejas. Todo los países civilizados los poseen excelentes, y sería inútil rehacerlos. Francia tiene los de Dadant, de Georges, de Layens y Bonnier, de Bertrand, de Hamet, de Weber, de Clément, del abate Coilin, etc. Los países de lengua inglesa tienen los de Langstroth, Bevan, Cook, Cheshire, Cowan, Root y sus discípulos. Alemania tiene los de Dzierzon, von Berlespeh, Pollmann, Vogel y muchos otros.
No se trata tampoco de una monografía científica, de la Apis mellifica, Ungustica, fasciata, etc., ni de un conjunto de observaciones o de estudios nuevos. Casi nada diré que no sea conocido por cuantos hayan frecuentado un tanto las abejas. Deseando que mi trabajo no resulte pesado, reservo para obra más técnica cierto número de experimentos y de observaciones que he hecho, durante mis veinte años de apicultura, y cuyo interés es en demasía limitado y esencial. Quiero hablar sencillamente de las blones avettes de Ronsard, como se habla a quien no lo conoce, de un objeto que se conoce y se ama. No me propongo adornar la verdad, ni sustituir, según el justo reproche de Réaumur a cuantos de ellas se ocuparon antes que él, lo maravilloso de complacencia o imaginario, a lo maravilloso real. Mucho de maravilloso hay en una colmena, pero eso no es razón para añadírselo. Por lo demás, ya hace largo tiempo que, he renunciado a buscar en este mundo maravilla más interesante y hermosa que la verdad, o al menos que el esfuerzo del hombre para conocerla. No nos esforcemos por encontrar la grandeza de la vida en las cosas inciertas. Todas las cosas muy seguras son muy grandes, y hasta ahora no la conocemos bajo todas sus fases. No afirmaré, pues, nada que no haya verificado yo mismo o que no esté admitido de tal manera por los clásicos de la apidología, que toda verificación sea ociosa. Mi parte se limitará a presentar los hechos de una manera igualmente exacta, pero algo más viva, a mezclarlos con algunas reflexiones más desarrolladas y más libres, a agruparlos de un modo algo más armonioso que el que cabe en una gula, en un manual práctico o en una, monografía científica. Quien haya leído este libro no se hallará en condiciones de dirigir una colmena, pero conocerá más o menos todo cuanto se sabe de seguro, de curioso, de profundo y de íntimo acerca, de sus habitantes. No es nada en comparación de lo que queda por averiguar. Pasaré por alto todas las tradiciones erróneas que constituyen todavía en el campo y en muchos libros, la fábula del colmenar.
Cuando haya duda, desacuerdo, hipótesis, cuando toque, lo desconocido, he de declararlo lealmente. Ya se verá que nos detenemos a menudo ante lo desconocido. Fuera de los grandes actos sensibles de su policía y de su actividad, nada muy preciso se sabe sobre las fabulosas hijas de Aristeo. A medida que se las cultiva se aprende, a ignorar más las profundidades de su existencia real, pero esa es ya una manera de ignorar mejor que la ignorancia inconsciente, y satisfecha que constituye el fondo de nuestra ciencia de la vida, y eso es probablemente todo cuanto el hombre puede vanagloriarse, de aprender en este mundo.
¿ Existía algún trabajo, análogo sobre la abeja? En cuanto a mí, aunque crea haber leído casi todo cuanto se ha escrito sobre ella, no conozco, en el género, sino el capitulo que le reserva Michelet al final del Insecto, y el ensayo que le consagra Ludwig Büchner, el célebre autor de Fuerza y Materia, en su Geistes-Leben der Thiere. Michelet ha desflorado apenas el asunto; en cuanto a Bilelmer, su estudio es, bastante completo, pero leyendo sus afirmaciones aventuradas, sus rasgos legendarios, los rumores desde hace mucho desdeñados que contiene, sospecho que no ha salido de su biblioteca para interrogar a sus heroínas, y que nunca ha, abierto una sola de las zumbantes colmenas, como inflamadas de alas, que es necesario violar antes que nuestro instinto se amolde a su secreto, antes de quedar impregnado por la atmósfera, el perfume, el espíritu, el misterio de las vírgenes laboriosas.
Aquello no huele a miel ni a abeja, y tiene el defecto de muchos de nuestros libros sabios, cuyas conclusiones son a menudo preconcebidas, y cuyo aparato científico está formado por un enorme cúmulo de anécdotas dudosas y tomadas de todas las manos. Por lo demás, rara vez me encontraré con él en mi trabajo, porque nuestros puntos de partida, nuestros puntos de vista y nuestros objetos son muy diversos.
II
La bibliografía de la abeja (comencemos por los libros para quedar más pronto libres de ellos y llegar a la fuente misma, de esos libros), es de las más extensas. Desde el origen, ese pequeño ser extraño, que vivo en sociedad, bajo leyes complicadas y que ejecuta en la sombra trabajos prodigiosos, atrajo la curiosidad del hombre. Aristóteles, Catón, Varron, Plinio, Colummella, Palladio, se ocuparon de ella, sin hablar del filósofo Aristomaco que, según dice Plinio, las observó durante cincuenta, y ocho años, y de Phylisco de Thasos, que vivió en lugares desiertos, para, no ver sino abejas, y recibió el sobrenombre de El Salvaje. Pero esa es más bien la leyenda de la abeja, y todo lo que de ello se puede sacar, es decir, casi nada, se encuentra resumido en el canto cuarto de las Geór gicas de Virgilio.
Su historia no comienza hasta el siglo XVII, con los descubrimientos del gran sabio holandés Swammerdam. Conviene, sin embargo, agregar un detalle poco conocido, y es que, antes de Swammerdam, un naturalista flamenco, Clutio, había afirmado ciertas verdades importantes, entre otras la de que la reina es la madre única de todo su pueblo y posee los atributos de ambos sexos; pero no las había probado.
Swammerdam Inventó verdaderos métodos de observación científica, creó el microscopio, imaginó inyecciones conservadoras, fue el primero que disecó las abejas, precisó definitivamente, por el descubrimiento de los ovarios, y del oviducto, el sexo de la reina, a quien hasta entonces se había creído rey, y con esto iluminó con un inesperado rayo de luz toda, la política, de la colmena, fundándola sobre la maternidad. Trazó, por fin, cortes de la colmena, y dibujó planos tan perfectos, que hoy mismo sirven para ilustrar más de un tratado de apicultura. Vivía en la hormigueante y turbulenta Amsterdam de aquel entonces, echando de menos la «dulce vida del campo» y murió a los cuarenta y tres años, abrumado por el trabajo. Con un estilo piadoso y preciso en que lucen bellos arranques sencillos de una fe que teme vacilar, y que todo lo refiere a la gloria del Creador consignó sus observaciones en su gran obra Bybel der Nature, que, un siglo más tarde, el doctor Boerhave hizo traducir del neerlandés al latín, bajo el título de Biblia naturce (Leyda 1737).
En seguida vino Réaumur, quien, fiel a los mismos principios, hizo una multitud de experimentos y observaciones curiosas en sus jardines de Charenton, y reservó a las abejas un volumen entero de sus Memoires pour servir a l'histoire des insectes. Puede leerse con fruto y sin fastidio. Es claro, directo, sincero, y no carece de cierto encanto brusco y seco. Se dedicó, ¡sobre todo a desvanecer eran número de antiguos errores, esparció algunos nuevos, aclaró en parte el origen de los enjambres, el régimen político de las reinas, halló, en una, palabra, varias verdades difíciles, y puso sobre la pista de muchas otras. Especialmente consagró con su ciencia, las maravillas de la arquitectura de la colmena, y todo cuanto de ella dijo no ha sido mejor dicho hasta ahora. Se le debe también la idea de las colmenas con vidrios, que, perfeccionadas más tarde, han puesto a la vista la vida privada de esas hoscas obreras que comienzan su obra con la luz deslumbrante del sol, pero que sólo la coronan en las tinieblas. Para ser completo, debería citar también las investigaciones y los trabajos, algo posteriores, de Charles Bonnet y de Schirach (quien resolvió el enigma, del huevo regio); pero me limito a las grandes líneas y llego a Frangois Huber, el maestro y el clásico de la ciencia apícola de hoy en día.
Huber, nacido en Ginebra en 1750, quedó ciego en su primera juventud.
Interesado en un principio por los experimentos de Réaumur, los que quería comprobar, pronto se apasionó por esas investigaciones, y con la ayuda; de un criado abnegado e inteligente, Francois Burnens, dedicó su vida entera al estudio de las abejas. En los anales del sufrimiento y de las victorias humanas, nada más conmovedor y lleno de buenas enseñanzas que la historia, de aquella paciente colaboración en que el uno, que no veía más que un fulgor inmaterial, guiaba con el espíritu las manos y las miradas del otro, que gozaba de la luz real; en que aquel que, según se asegura, jamás había visto con sus, ojos un panal de miel, a través del velo que duplicaba, para él el otro velo con que la Naturaleza lo envuelve todo, sorprendía los secretos más profundos del genio que formaba ese panal de miel invisible, como para enseñarnos que no hay estado en que debamos renunciar a esperar y buscar la verdad. No enumeraré lo que la ciencia apícola debe a Huber; más corto será decir lo que no le debe. Sus Nuevas observaciones sobre las abejas', cuyo primer volumen fue escrito en 1789 bajo la forma de cartas a Charles Bonnet, y cuyo segundo volumen sólo apareció veinte años más tarde, continúan siendo el tesoro abundante y seguro a que acuden todos los apidólogos. Seguramente se encuentran algunos errores, algunas verdades imperfectas; desde su libro se ha agregado mucho a la micrografía, al cultivo práctico de las, abejas, al manejo de las reinas, etc. ; pero no se ha podido desmentir ni hallar en falta a una sola, de sus observaciones principales, que permanecen intactas en nuestra experiencia actual, y como base de ésta.
III
Después de las revelaciones de Huber, el silencio reina durante varios años; pero pronto Dzierzon, cura de Karlsmark (en Silesia), descubre la partenogénesis, es decir, el parto virginal de las reinas, imagina la primera colmena de panales móviles, gracias a la cual el apicultor podrá en adelante tomar su parte, en la cosecha de miel, sin matar sus mejores colonias, y sin aniquilar en un instante el trabajo de un año entero. Esa colmena, muy imperfecta todavía, es perfeccionada magistralmente por Langstroth, que inventa el cuadro móvil propiamente dicho, propagado en Norte América con éxito extraordinario.
Root, Quinby, Dadant, Cheshire, de Layens, Cowan, Heddon, Howard, etcétera... le hallan todavía algunas valiosas mejoras. Mehring, para ahorrar a las abejas la elaboración de la cera y la construcción de almacenes que les cuestan mucha miel y lo mejor de su tiempo, tiene la idea de ofrecerles panales de cera mecánicamente estampados, que las abejas aceptan y apropian al punto a sus necesidades. De Hruschka halla el Smelatore que, empleando la fuerza centrífuga, permite extraer la miel sin romper los panales. La capacidad y la fecundidad de las colmenas quedan triplicadas. Por todas partes se fundan vastos y productivos colmenares. Desde ese momento acaban la inútil matanza de las ciudades más laboriosas y la odiosa selección al revés, que era su consecuencia. El hombre se hizo realmente amo de las abejas, amo furtivo e ignorado, que todo lo dirige sin dar una orden, y que es obedecido sin ser reconocido. Se substituye a los destinos de las estaciones. Repara las injusticias del año. Reúne las repúblicas enemigas. Iguala las riquezas. Aumenta o disminuye los nacimientos. Regula la fecundidad de la reina. La destrona y la reemplaza después de un difícil consentimiento que su habilidad arranca a un pueblo que se enloquece ante la sospecha de una inconcebible intervención. Viola pacíficamente, cuando lo considera útil, el secreto de las cámaras sagradas, y toda la política enredada y previsora del gineceo real. Despoja cinco e seis veces seguidas del fruto de su trabajo a las hermanas del buen convento infatigable, sin herirlas, sin desalentarlas y sin empobrecerlas. Proporciona los depósitos y graneros de sus moradas a la cosecha de flores que la primavera desparrama en 811 prisa desigual, por la falda de las colinas. Las obliga a reducir el número fastuoso de los amantes que aguardan el nacimiento de las princesas. En una palabra, hace de ellas lo que quiere, y obtiene de ellas lo que pide, con tal que su pedido se someta a sus virtudes y a sus leyes, porque a través de las voluntades del dios inesperado que se ha apoderado de ellas- demasiado vasto para ser discernido y demasiado extraño para ser comprendido, miran más lejos de lo que mira ese dios mismo, y sólo piensan en cumplir, con inquebrantable abnegación, el deber misterioso de su raza.
IV
Ahora que los libros nos han dicho cuánto de esencial tenían que decirnos, acerca de una historia tan antigua, dejemos la ciencia adquirida, por los demás, para ir a ver las abejas con nuestros propios ojos.
Una hora que pasemos en el colmenar nos enseñará cosas quizá menos precisas pero infinitamente más vivas y fecundas.
No he olvidado el primer colmenar que vi y en que aprendí a amar las abejas. Hace ya muchos años era en una populosa, aldea de esa Flandes Zelandesa que, tan clara y tan graciosa, más que la misma Zelanda, espejo cóncavo de Holanda, ha concentrado el gusto a los colores vivos y acaricia los ojos, como con lindos y grandes juguetes, con sus tejados, sus torres y sus carretas iluminadas, sus armarios y sus relojes que brillan en el fondo de los corredores; sus arbolitos alineados a lo largo de los malecones, y los canales, que parecen aguardar alguna ceremonia bienhechora e ingenua; sus buques y sus barcas de pasajeros, de popa esculpida sus puertas y sus ventanas semejando flores sus esclusas irreprochables; sus puentes levadizos minuciosos y multicolores; sus casitas barnizadas como lozas armoniosas y resplandecientes de las que salen mujeres en forma de campanillas y adornadas de oro y plata, para ir a ordeñar las vacas en prados rodeados de barreras blancas, a tender la ropa en la alfombra recortada en óvalos, y losanges, y meticulosamente verde, de los céspedes floridos.
Una especie de anciano sabio, bastante parecido al viejo de Virgilio. Homme égalant les rois, honune approchant des dieux, Et comme ces derniers satisfait et tranquillo, hubiera dicho La Fontaine, habíase retirado allí, donde, la vida parecería más estrecha que en otra parte, si fuese posible estrechar realmente la vida. Allí había levantado su refugio, no hastiado -el justo no conoce los grandes hastíos, -- sino algo fatigado de interrogar a los hombres que contestan menos sencillamente que los animales y las plantas, a las únicas preguntas interesantes que se puedan hacer a la Naturaleza y a las leyes verdaderas. Toda su felicidad, lo mismo que la del filósofo escita, consistía en las bellezas de un jardín, y entre esas bellezas, la más amada y la más visitada era un colmenar, compuesto de doce campanas de paja que había pintado unas de rosa vivo, otras de amarillo claro, la mayor parte de azul pálido, porque había observado, mucho antes de los experimentos de sir John Lubbock, que el azul es el color preferido por las abejas. Había instalado el colmenar junto a la blanqueada pared de la casa, en el rincón que formaba una de esas sabrosas y frescas cocinas holandesas de paredes de loza en que resplandecían los estaños y los cobres que por la puerta abierta, se reflejaban en un apacible canal. Y el agua, cargada de imágenes familiares, bajo una cortina de álamos, guiaba las miradas hacia el reposo de un horizonte de molinos y de prados.
En aquel lugar, como donde quiero, que se pongan, las colmenas habían dado a las flores, al silencio, a la suavidad del aire, a los rayos del sol, un significado nuevo. En cierto modo se tocaba el objeto de la fiesta del verano. Descansábase en la encrucijada fulgurante, a que convergen y de donde irradian los caminos aéreos que desde el alba hasta el crepúsculo recorren, atareados y sonoros, todos los perfumes de la campiña. Allí íbase a oír el alma, dichosa y visible, la voz inteligente y musical, el foco de alegría de las horas hermosas del jardín.
Allí iba a aprenderse, en la escuela de las abejas, las preocupaciones de la Naturaleza omnipotente, las luminosas relaciones de los tres reinos, la organización inagotable de la vida, la moral del trabajo ardiente y desinteresado y lo que es tan bueno como la moral del trabajo, las heroicas obreras enseñaban también a gustar el sabor algo confuso del descanso, subrogando, por decirlo así, con los rasgos de fuego de sus mil alitas, las delicias casi intangibles de aquellos días inmaculados que giran sobre sí mismos en los campos del espacio, sin traernos nada más que un globo transparente, vacío de recuerdos, como una felicidad demasiado pura.
V
Para seguir todo lo sencillamente que sea posible la historia anual de la colmena, tomaremos una que despierta a la primavera y reanuda su trabajo, y veremos desarrollarse en su orden natural los grandes episodios de la vida de la abeja, a saber: La formación y la partida del enjambre, la fundación de la nueva ciudad, el nacimiento, los combates y el vuelo nupcial de las jóvenes reinas, la matanza de los machos, el retorno del sueño invernal, Cada uno de estos episodios traerá naturalmente consigo todas las aclaraciones necesarias sobre las leyes, las particularidades, las costumbres, los acontecimientos que lo provocan o lo acompañan, de manera que al cabo del año apícola, que es breve y cuya actividad sólo se extiende de abril al fin de septiembre, nos habremos encontrado con todos los misterios de la casa de la miel. Por ahora, antes de abrirla y de dirigirle una mirada general, bastará saber que se compone de una reina, madre de todo su pueblo; de millares de obreras o neutras, hembras incompletas y estériles y por último de algunos centenares de machos, entre los cuales, se elegía esposo único y desdichado de la soberana futura, la que las obreras se darán después de la partida, más o menos voluntaria, de la madre reinante.
VI
La primera vez que se abre una colmena, se experimenta algo semejante a la emoción que se sentiría al violar un objeto desconocido y lleno quizá de sorpresas temibles, una tumba por ejemplo. Hay en torno de las abejas una leyenda de amenazas y de peligros. Hay el recuerdo enervado de esas picaduras que provocan un dolor tan especial que no se sabe a qué compararlo: se diría que es una aridez fulgurante, una especie de llama del desierto que se esparce por el miembro herido, como si nuestras hijas del sol hubieran extraído de los rayos irritados de su padre, un veneno resplandeciente para defender con mayor eficacia los tesoros de dulzura que sacan de sus horas benéficas.
Verdad es que, abierta sin precaución por quien no conozca ni respete el carácter y las costumbres de sus habitantes, la colmena se transforma al punto en ardiente zarza de cólera y de heroísmo. Pero nada es más fácil de adquirir que la pequeña habilidad necesaria para manejarla impunemente. Basta con un poco de humo proyectado a propósito, con mucha sangre fría y suavidad, y las bien armadas obreras se dejan despojar sin pensar en desnudar el aguijón. No reconocen a su amo, como se ha sostenido, no temen al hombre, pero ante el olor del humo, ante los lentos ademanes que recorren su morada sin amenazarlas, se imaginan que no se trata de un ataque ni de un gran enemigo del que sea posible defenderse, sino de una fuerza o de una catástrofe natural, a la que es bueno someterse. En vez de luchar en vano, y llenas de una previsión que si se engaña es porque mira demasiado lejos, tratan por lo menos de salvar el porvenir y se arrojan sobre sus reservas de miel para sacar y esconder en su mismo cuerpo con qué fundar en otra parte, en cualquiera inmediatamente, una ciudad nueva si la antigua es destruida, o si se ven obligadas a abandonarla.
VII
El profano ante quien se abre una colmena de observación * sufre al principio un desencanto. Se le había asegurado que aquel cofrecito de vidrio encerraba una actividad sin ejemplo, un número infinito de leyes sabias, una asombrosa suma de genio, de misterios, de experiencia, de cálculo, de ciencia, de certidumbre, de hábitos inteligentes, de sentimientos y de virtudes extrañas. No descubre en ella más que un confuso montón de pequeñas bayas rojas, bastante parecidas a los granos de café tostado o a pasas de uva aglomeradas sobre los vidrios.
* Se llama colmena de observación, una colmena con cristales, provista de cortinas negras o de postigos. Las mejores sólo contienen un panal, lo que permite observarlo por sus dos caras. Se puede, sin peligro ni inconveniente, instalar estas colmenas, provistas de una salida exterior, en un salón, una biblioteca, etc. Las abejas que habitan la que se encuentra en París, en mi gabinete de trabajo, cosechan en el desierto de piedra de la gran ciudad con qué vivir y prosperar.
Esas pobres bayas están más muertas que vivas, se trasladan con movimientos lentos, incoherentes incomprensibles. No reconoce las admirables gotas de luz que un momento antes se volcaban y salpicaban sin tregua en el hálito animado, lleno de perlas y de oro, de mil abiertos cálices.
Tiritan en las tinieblas. Se sofocan en una muchedumbre transida; se diría que son prisioneras enfermas o reinas destronadas que no tuvieron más que un segundo de brillo entre las flores iluminadas del jardín, para volver en seguida a la miseria vergonzosa de su taciturna y repleta morada.
Sucede con ellas lo que con todas las realidades profundas. Hay que aprender a observarlas. Un habitante de otro planeta que viera a los hombres yendo y viniendo casi insensiblemente por las calles, amontonándose en torno de ciertos edificios, o en ciertas plazas, aguardando quién sabe qué, sin movimiento aparente, en el fondo de sus habitaciones, deduciría también que son inertes y miserables. Sólo a la larga se deslinda la actividad múltiple de esa inercia. La verdad es que cada una de esas pequeñas bayas casi inmóviles, trabaja, sin descanso y ejerce un oficio diferente. Ninguna de ellas conoce el reposo, y las que, por ejemplo, parecen más dormidas y cuelgan contra los vidrios en muertos racimos, tienen la tarea más misteriosa y abrumadora: forman y secretan cera. Pero pronto hemos de encontrarnos con el detalle de esta unánime actividad. Por el momento basta llamar la atención sobre el rasgo esencial de la naturaleza de la abeja, que explica el amontonamiento extraordinario de ese trabajo confuso. La abeja es ante todo, y aún más que la hormiga, un ser de muchedumbre. Sólo puede vivir en montón. Cuando sale de la colmena, tan atestada que tiene que abrirse, a cabezazos su camino por las paredes vivientes que la encierran, sale de su elemento propio. Se sumerge un instante en el espacio lleno de flores, como se sumerge el nadador en el océano lleno de perlas; pero, bajo pena de muerte, es menester que a intervalos regulares vuelva a respirar la multitud, lo mismo que el nadador sale a respirar el aire. Aislada, provista de víveres abundantes, y en la temperatura más favorable, expira al cabo de pocos días, no de hambre ni de frío, sino de soledad. La acumulación, la ciudad, desprendo para ella un alimento invisible tan indispensable como la miel. A esa necesidad hay que remontar para fijar el espíritu de las leyes de la colmena. En la colmena, el individuo no es nada, no tiene más que una existencia condicional, no es más que un momento indiferente, un órgano alado de la especie. Toda su vida es un sacrificio total al ser innumerable y perpetuo de que forma parte. Es curioso comprobar que no siempre ha sido así. Aún hoy se encuentran entre los himenópteros melíferos, todos los estados de la civilización progresiva de nuestra abeja doméstica. En lo más, bajo de la escala, trabaja sola, en la miseria; a menudo ni siquiera ve su descendencia (las Prosopis, las Coletas, etc.) a veces vive en medio de la escasa familia anual que se crea (los Abejorros). Forma en seguida asociaciones temporarias, (los Panurgos, los Dasipodos, los Halitos, etc.), para llegar por fin, de grado en grado, a la sociedad casi perfecta pero implacable de nuestras colmenas, en que el individuo es completamente absorbido por la república, y en que la república es, a su vez, regularmente sacrificada a la ciudad abstracta e inmortal del porvenir.
VIII
No nos apresuremos a sacar de estos hechos conclusiones aplicables al hombre. El hombre tiene la facultad de no someterse a las leyes de la Naturaleza; saber si hace mal o bien en usar de esa facultad, es el punto más grave y menos aclarado de la moral. Pero no por eso es menos interesante sorprender la voluntad de la Naturaleza, en un mundo distinto. Pues, en la evolución de los himenópteros, que, inmediatamente después del hombre, son los habitantes del globo más, favorecidos desde el punto de vista de la inteligencia, dicha voluntad parece muy clara. Tiende visiblemente a la mejora de la especie, pero demuestra al propio tiempo que no la desea o no puede obtenerla sino con detrimento de la libertad, de los derechos y de la felicidad propias del individuo. A medida que la sociedad se organiza y se eleva, la vida particular de cada uno de sus miembros ve decrecer su círculo. En cuanto hay un progreso en alguna parte, éste sólo resulta del sacrificio cada vez más completo del interés personal al general. En primer término es menester que cada, cual renuncie a vicios que son actos de independencia. Así, en el penúltimo grado de la civilización ápica, se encuentran los abejorros que son todavía semejantes a nuestros antropófagos. Las obreras adultas merodean sin cesar en torno de los huevos para devorarlos, y la madre, se ve obligada a defenderlos encarnizadamente.
Es menester, en seguida, que cada cual, después de haberse desembarazado de los vicios más peligrosos, adquiera cierto número de virtudes cada vez más penosas. Las obreras de los abejorros, por ejemplo, no piensan en renunciar al amor, mientras que nuestra abeja doméstica viva en perpetua castidad. Por otra parte, pronto veremos todo lo que abandona en cambio del bienestar, la seguridad, la perfección arquitectónica, económica y política de la colmena, y volveremos sobre la asombrosa evolución de los himenópteros, en el capítulo consagrado al progreso de la especie.